PROLOGO

(PARA LAS MADRES)

Tengo motivos para creer que entre los lectores de «Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas» se cuentan varios cientos de Niños Ingleses de Cinco a Quince años de edad: también los hay de Quince a Veinticinco y aún de Veinticinco a Treinta y Cinco; e incluso Niños --que los hay-- Niños en quienes la fuente de la edad que brota de todos los corazones alegres no se ha agotado a pesar de la mengua en salud y fuerza fisica, la fatiga y la desesperanza del brillo artificioso y mezquino que cubre algunas situaciones de la vida; niños de una «cierta» edad, con un número de años que no debemos contar, sino enterrar bajo un respetuoso silencio.

Mi deseo es (¿vano?) que me lean los Niños de Cero a Cinco años de edad. ¿Qué me lean? ¡No, no es eso! Digamos más bien que esos analfabetos y regordetes Tesoros, que llenan nuestra casa de alegre bullicio y vuestro corazón íntimo de sosegado regocijo quieran sobar, arrullar, doblar, arrugar, besar mi libro.

Tal, por ejemplo, como una niña que yo conocía, que --habiéndosele instruido concienzudamente que una sola cosa terrena es bastante para una niña y que el pedir dos bollos, dos naranjas, dos cosas de lo que fuera atraería sobre ella la terrible acusación de ser «egoísta»-- apareció una mañana sentada en su cama, contemplando con gravedad sus dos piececitos desnudos y murmurando en voz baja y arrepentida: «¡Coísta!».

Pascua Florida, 1890.



A LA PAGINA ANTERIOR