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Fábulas


 Las ranas y su Rey   El granjero y la cigüeña   El oso, la mona y el cerdo 
 El ganso que ponía huevos de oro   El molinero y su asno   La cabra y el zorro 
 Poniéndole el cascabel al gato   La cigarra y la hormiga   El día de la mudanza para las alondras  
 El zorro y la cigüeña   El león y el ratón   La caña y el roble 
 La rana que quiso superar al buey   La ardilla y el león   El león y el elefante 
 El ciervo herido   El grajo vanidoso   La liebre con muchos amigos 
 La liebre y la tortuga   El lobo y la grulla   El caballo y el asno 
 El Zorro y la Gallina   ¡Al lobo! ¡Al lobo!   El avaro que perdió su oro 
 El ratón de campo en la ciudad   El lobo y el perro del granjero   La zorra y las uvas 


¿Qué es una fábula?

Una fábula es un relato breve de ficción, protagonizado por animales que hablan y escrito en prosa o verso con una intención didáctica de carácter ético y universal formulada la mayor parte de las veces al final, en la parte denominada moraleja, más raramente al principio o eliminada ya que puede sobreentenderse o se encuentra implícita.

Orígenes

Al nordeste del Mediterráneo se halla Grecia. Como la gran mano de un esqueleto, tiende sus ganchudos dedos hacia el mar. Su línea costera culebrea, va y viene, y el mar forma innumerables golfos, bahías y caletas. La tierra se ha convertido allí en un laberinto de montañas y apacibles valles.

Hoy, Grecia es un pequeño país dentro de la gran familia de las naciones. Pero, hace siglos, antes de la era cristiana, era una gran potencia, rebosante de vida, industria, comercio y erudición. Cada pequeña ciudad, en su valle, tenía su gobierno, y era un Estado independiente. Pero todas compartían la gloria de Grecia. Porque Grecia era centro de la cultura y la civilización, y de su suelo surgieron muchos hombres célebres.

El más sabio narrrador de cuentos

Entre esos grandes hombres, de los cuales se habla aún con veneración, figura Esopo, el esclavo, cuya serena sabiduría se refleja en las deliciosas fábulas que contó. No se sabe casi nada sobre él. Se cree que murió unos 550 años antes de C.; pero se tiene la seguridad de que nació esclavo y de que su amo lo manumitió finalmente.

Porque Esopo era más sabio y discreto que la mayoría de la gente, hasta el extremo de que su amo le dio buenos maestros y lo puso en condiciones de tratar a los grandes hombres de su tiempo. Adondequiera iba Esopo —de corte en corte, entre todos los pequeños estados de Grecia—, buscaban su consejo y lo escuchaban con respeto. Y, tal vez, cuando lo daba, lo bacía más comprensible y eficaz con una de sus célebres fábulas —o cuentos morales— que ahora llevan su nombre.

Como era sabio, Esopo leía en el corazón de los hombres y adivinaba sus dolores y locuras. Y como sabía también que la gente no gusta de predicaciones, presentaba sus lecciones de manera indirecta y bajo la forma de anécdotas breves, en las que muchos de los actores eran los animales que todos conocían. En esos cuentos puso parte de la sabiduría que había recogido en sus años de paciente esclavitud y en las cortes de los reyes. Los infortunios que sufrían sus animales parlantes eran los mismos que habían hecho sufrir a sus orgullosos y atolondrados amigos. Y son los mismos que hoy aquejan al género humano.

Pasaron, en relatos verbales, de padre a hijo, durante varios siglos y, aunque en la Edad Media se transcribieron muchos de ellos, no se hizo una recopilación completa de los mismos hasta el siglo XV. Los mismos temas y otros nuevos contaron Pedro (siglo I), Jean de La Fontaine (1621-1695), y en verso castellano Tomás de Iriarte (1750-1791), y Félix María Samaniego (1745-1801).